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Celebrando 25 años de La casa en Mango Street
Sandra Cisneros y su lugar en el mundo

Escrita en forma de viñetas y con una prosa elocuente, La casa en Mango Street es una novela corta que se puede leer en un día. Pero la poderosa historia quedará en la memoria de los lectores por muchos, muchos años. Creciendo en un barrio hispano de Chicago, Esperanza Cordero lucha por encontrar su lugar en el mundo mientras se debate entre los clichés y las expectativas de sus dos culturas. Para celebrar los 25 años de la publicación de este clásico hablamos con la talentosísima Sandra Cisneros.

Después de La casa en Mango Street publicaste otros libros que fueron premiados y elogiados por la crítica. Sin embargo, esta novela sigue siendo tu obra más conocida: es lectura obligatoria en varias escuelas de nivel medio, secundarias y universidades de todo el país y ha vendido más de 2 millones de copias desde su publicación en marzo de 1984. ¿Cómo explicas este éxito?
La verdad, no sé. Yo creo es que los libros son medicina para el alma de un pueblo, de una comunidad o de un tiempo. A mí me tocó la suerte de escribir la receta adecuada para estos tiempos tan difíciles y (llenos de incertidumbre). A nivel mundial, nuestra sociedad está como en transición; estamos entre dos períodos, en una suerte de “twilight zone”: en un plano espiritual, estamos dejando nuestra niñez y entrando en la adultez. Quizás por eso nos sirve mi librito. Estamos buscando historias que nos alimenten espiritualmente y yo tuve la suerte de escribir a nuestros corazones a la mera hora en que necesitamos el mensaje del libro.

¿Y cuál es ese mensaje?
Uno de los mensajes es que tenemos que buscar nuestro propio lugar en el mundo, un lugar no físico sino espiritual. Al comienzo del libro, Esperanza busca una casa física y al final termina encontrando su casa espiritual: una forma particular de inventarse a sí misma, un espacio donde poder encontrarse, algo distinto a lo heredado de sus dos culturas (la norteamericana y la latinoamericana). Quizás el libro nos alienta cuando tenemos tanto miedo y estamos aterrorizados por todo lo que ha pasado después del 11 de septiembre y esa sensación de (incertidumbre)... En fin, los sentimientos del nuevo milenio. El camino de Esperanza refleja algo de nuestro camino como comunidad global al principio del nuevo milenio.

¿Cuál fue el origen de La casa en Mango Street?
El libro lo empecé cuando tenía 22 años de edad y era alumna en un taller de escritura que era parte de mi maestría. Cuando me di cuenta del lujo que era estar estudiando en ese salón y que mis colegas venían de familias con casas como las de las películas, (al principio me sentí fuera de lugar). Cuando platicábamos, yo me daba cuenta de que mi casa no tenía nada que ver con las casas de mis colegas. Ellos vivían en las casas que yo pensaba sólo existían en las películas, que yo pensaba eran un estereotipo porque no eran las casas que yo conocía. Cuando me di cuenta de esa disidencia, primero me dio mucha vergüenza. Me pregunté a mí misma: “¿qué hago aquí? ¿Cómo me atrevo a estar aquí? Debería volverme a Chicago.” Después de la vergüenza, me empecé a enojar. Y el enojo, la rabia, me hizo hacer algo positivo. Al final dije, “¿Por qué no hay libros con mi casa? Si no existe ese libro, lo voy a escribir.”

¿Es verdad que te llevó cinco años terminar el libro?
Lo empecé a los 22 años, en mi segundo semestre de la maestría, y lo terminé a los 28. Me llevó más bien seis o siete años. Pero (tardé tanto) porque tenía que ganarme la vida. Era maestra, y eso me ocupaba mucho tiempo. El libro también fue cambiando: dejó de ser una memoria y se convirtió en una narrativa. Empecé a manipular mis personajes para incluir no ya personajes de mi pasado sino de mi presente, y también incluí varios sitios de mi presente... Cuando lo empecé en Iowa, el libro era una memoria. Pero me fui de Iowa un viernes y empecé a trabajar en el barrio (como maestra) el siguiente lunes. Fue un shock ver lo distinta que era mi vida en comparación con la de mis estudiantes. Ellos eran niños mexico-americanos en un barrio igual de pobre que el mío. La diferencia era que mis padres respetaban la idea de que uno debía estudiar para progresar. Mis estudiantes, en cambio, venían de casas donde los padres querían que dejaran de estudiar para poder ir a trabajar. Ahí me di cuenta de que yo, en realidad, había vivido una vida muy privilegiada. Ahí empecé a tejer las historias de mis alumnos en el barrio de mi niñez.

Cuando entrevistamos a Junot Diaz sobre los libros que más lo influenciaron nombró a Woman Hollering Creek and Other Stories entre sus seis favoritos. Dijo: “si eres latino y creciste pobre en Estados Unidos, éste fue, seguramente, el primer libro que tuvo algún sentido”. En tu juventud, ¿a ti también te costó encontrar libros y autores con los que te pudieras sentir identificada?
Yo siempre me veía en las obras de otros escritores de Chicago que
tenían raíces en la clase obrera, como Gwendolyn Brooks, quien también fue mi mentora y a quien conocí después siendo maestra y poeta. También me identificaba con Carl Sandburg, que escribía muchas cosas sobre Chicago y desde el punto de vista de la clase obrera. Eran todos poetas, porque yo comencé siendo poeta. Años después descubrí a Nicanor Parra y poco a poco, muy tarde, las obras de las feministas. Cuando ya casi terminé mi libro conocí a las otras escritoras latinas.

Comenzaste tu carrera literaria siendo ya adulta. ¿Hubo algún tipo de epifanía asociada con la decisión de ser escritora o fue sólo una cuestión de seguir tus instintos?
Tuve la suerte de conocer mi camino desde muy joven. A los 11 años supe que quería ser autora. Y quizás por razones muy egoístas. Yo estaba en la biblioteca buscando un libro. En esa época no había computadoras, había que buscar los libros en un catálogo de tarjetas, en muchos cajoncitos largos. Estaba buscando un libro, me distraje y jalé sin querer una tarjeta que estaba muy, muy sucia y toda suavecita del uso. No me acuerdo de qué libro era, pero la ficha estaba bien suavecita porque la habían tocado muchas manos. Y pensé: “Este libro ha de ser muy bueno. Yo quiero mi nombre en una tarjeta así, en la biblioteca, y que la tarjeta esté siempre sucia como ésta.” Y así empezó mi sueño, porque uno lo tiene que ver primer con su tercer ojo. Primero lo tienes que ver y lo tienes que decir para empezar tu camino; si no, nunca vas a progresar. Quizás otras niñas estaban pensando en su vestido de bodas. Yo estaba pensando en mi libro...

¿Qué consejo les darías a los jóvenes latinos que luchan con esa sensación de no verse reflejados en la cultura dominante pero tampoco se identifican con las ideas y valores de sus padres?
Algo muy importante, especialmente para las mujeres pero también para los hombres, es que busquen su comunidad, ya que a veces esa comunidad puede ser su familia espiritual. Si quieren ser escritores, que busquen su comunidad literaria: gente de su misma edad, de su mismo nivel, con los mismos intereses, que los puedan apoyar en su sueño. Tienen que buscar su comunidad. Yo encontré mi comunidad en la biblioteca, en los libros. Viví una vida muy solitaria y no encontré otros colegas hasta entrar en la universidad. Pero de joven, mi comunidad eran las portadas de los libros. Ellos me inspiraban, me ayudaban y me apoyaban. Es importante que (los jóvenes) tengan esa comunidad que (los contenga). En nuestra cultura estamos muy apegados a la familia. Mi padre nunca se daba cuenta de lo que yo quería hacer con mi vida y que precisaba su apoyo. Él sólo quería que me casara y que formara una familia. Quería que dejara de perder el tiempo y de vivir “como una hippie” o como una gitana, mudándome cada dos años y con una carrera que no me daba dinero. Él veía lo que yo hacía como algo impráctico. Lo curioso es que al final de su vida tuve la suerte de que mi padre se diera cuenta de lo que había logrado con mi carrera. Entonces sí me dijo que “qué suerte que no me hubiera casado”. Si me hubiera casado, (mi marido) se habría robado todos mis centavos [risas]. Después, con los años, me pidió perdón. Pero él sólo quería lo mejor para su hija, quería que yo tuviera una estabilidad económica y no veía que lo pudiera lograr con mi carrera. Entonces esperaba que me pudiera casar con un profesional para lograr esa estabilidad económica. Pero yo no lo entendía.... Así que precisamos una comunidad que nos entienda, que nos apoye cuando no tenemos ese apoyo en casa. Y esa comunidad puede ser de artistas, escritores... o de atletas si somos atletas...

Tú aconsejas leer siempre lo que nos de placer. ¿Qué estás leyendo últimamente?
Estoy leyendo un libro nuevo de mi gran, gran maestro, el monje budista Thich Nhat Hanh. Sus obras siempre me inspiran y me guían, especialmente en esta etapa de mi vida. Estoy leyendo los poemas de uno de mis colegas en el taller literario, John Olivares Espinoza, Date Fruit Elegies. Acabo de terminar anoche un libro de Simon de Beauvoir sobre la muerte de su madre, Slow Dying. Me lo mandó un amigo porque perdí a mi madre el año pasado. Estoy leyendo una novela de De Lorraine López: The Gifted Gabaldón Sisters. He estado leyendo sus obras durante muchos años, es una escritora muy talentosa. También al lado de mi cama tengo A Poetry Remembrence, de Levi Romero.

Tú haces muchas cosas además de escribir. Has fundado la Macondo Foundation, la Alfredo Cisneros del Moral Foundation para ayudar a escritores tejanos, y también eres parte de "Los MacArturos." Haciendo un repaso de todos tus logros como escritora, maestra, activista y hasta como mujer, ¿cuáles son aquellos que te dan mayor satisfacción?
Me da mucha satisfacción haber comprado mi casa y todo lo que veo como mi propiedad, que incluye la casa de enfrente donde está la fundación. Me da mucho orgullo haberlo comprado toda con mi pluma y haberlo logrado yo sola, sin la ayuda de un hombre ni la ayuda de mi padre... Mi papá lo hizo todo con su martillo y yo con mi pluma. Me da un orgullo enorme ver la casa de enfrente que compré para la fundación y saber que cuando yo muera estos edificios --mi oficina, mi casa y la fundación-- siempre van a tener escritores viviendo y escribiendo. Esa va a ser mi herencia. Me da un gusto enorme saber que estamos plantando la semilla para los escritores del futuro, para que ellos tengan su casa propia, a house of their own. Eso me da una enorme satisfacción y hasta risa...


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